Plácido Domingo en Chichén Itzá o La noche de los juglares.
Me resultó imposible estar en la península y no hablar del "evento del siglo" como han querido sus organizadores hacer aparecer la presencia del tenor español -bien querido por todos- en el espléndido sitio que escogieron los Itzaes para su centro ceremonial por excelencia hace poco más o menos mil doscientos años. Ambos, el tenor de indudable talento y bien ganada fama, y el sitio arqueológico de Yucatán, están bien considerados como patrimonio cultural del mundo porque lo son y aunque en muy distintas categorías -uno como la voz del presente con todo lo que de efímera por naturaleza tiene y el otro como la voz sempiterna del pasado con el soporte de su trayecto milenario-, los dos merecen el aprecio, el reconocimiento y el aplauso de nosotros mortales comunes amantes de lo bello. Hasta aquí, ¡bravo! Pero de ahí a que un grupo de vivales quiera cogerse de la fama del uno y del otro para, en mezclándolos y superponiéndolos, vendérnoslos en conjunto como la octava maravilla de...